
Cogió la armadura de nuevo y pulió el hielo de su coraza. Aún olía a sangre y nieve. La miró y se acordó de la última batalla, aquella que libró en su contra y que firmó como la última. Nada le daba más rabia que volver sobre sus pasos. Pensó de nuevo en los lobos, siempre en silencio, acechando. La marca de la dentellada aún lucía fresca en el costado, pero estaba claro que ya nada le detendría. La lluvia, el viento y la fría tierra le esperaban.

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